jueves, 27 de febrero de 2025
Pero de pie
martes, 21 de enero de 2025
Silla vacía
Todo el tiempo, en la mayoría de lugares que visito —cafeterías primordialmente—, hay una silla vacía en un rincón, en una esquina olvidada de la vista o el bullicio de los demás; parecería que espera el momento en que pueda ser útil, y que luego, fracasa en el intento, resignándose a ser meramente un objeto huérfano, alejada de sus compañeras inertes pero usadas a comparación de ella. Nadie la mueve ni se pregunta qué carajos hace ahí, simplemente habita en ese espacio, extranjera de cualquier tipo de tacto. Le contemplo, entonces, con pesar, percibo la aflicción de su soledad, reconozco el material frío que tiene un desgasto nulo. Paradójico, ¿no? Como un recordatorio constante de que habitamos solos en la existencia, de que entre más se resguarde uno más recientes parecen los componentes de los que estamos hechos. Pero, ¡bah! Esto no es precisamente algo bueno: uno debería poder ser experimentado en su totalidad, no debería cargar con la vergüenza de encontrarse a sí mismo siendo obsoleto para otros; uno debería adquirir líneas y rayones, grietas y desgarros que cuenten la historia de lo que se vivió en dado momento; uno debería poder desplomarse luego de años, para elevarse en un descanso.
En todo caso, reflexioné con su lejanía marcada, y la dejé ahí donde quizás cree que pertenece, dejando en mí la letanía el resto de la mañana de esa maldita silla solitaria en medio de un café concurrido, como las cosas que solo van quedando en el olvido, con la invitación enorme a que me detenga un momento, vea a mi al rededor, y revise dentro de mí cómo me siento —ya sea literal o metafóricamente—.
lunes, 20 de enero de 2025
Cuento para una noche electrizante
Puedo afirmar que le conocí en una noche maldita, entre las miradas desorientadas del grupo. Entre Chateau y Merlot. No confiábamos en lo que la vida nos ofrecía. Buscábamos contención, como si la juventud la pudiéramos retratar en una esquina, o en las latas de cerveza que compramos, una tras otra, queriendo animarnos primero tras la reja de una licorera estratégicamente ubicada.
Las luces ténues brillaban en nuestra piel grisácea, convirtiéndolas en superficies sepia, saturadas, frías. Nos detuvimos ahí, hablando en conjunto, sintiéndonos los niños de la cuadra que jugaban al escondite, a la lleva, a ser mayores, solo que ahora no jugábamos, ahora lo vivíamos, con la música de algunas discotecas explotando a nuestro al rededor, de los carros tocando bocinas, de tráfico lento, de luces traseras encendidas cuando pasaban por la décima avenida que conectaba toda esa manzana de extranjeros y residentes, de personas de todas las edades y las ciudades tan infinitas como esta.
Le observé de nuevo más tarde cuando todo fue borroso, su cuerpo que chocaba con el mío entre el tumulto. No escuché muy bien su nombre cuando lo pronunció a medias, yo desviaba la mirada a los tatuajes en cada uno de sus brazos, a su corte de pelo extraño, a la ropa que gritaba que no le importaba en lo absoluto lo que pensaran -nunca pareció importarle-, para mí fue descubrir dos cosas al mismo tiempo, el fuego y el hielo: cuando se entra en contacto con ambos, en cierto punto, las sensaciones son completamente iguales, y así éramos, entre la situación que se amenizaba con el humo o con el licor. Miradas mutuas que gritaban exasperación. Lo disfrutaba, disfrutaba su atención. Amaba la manera violenta con la que me desnudaba con la mirada, quería prolongar los segundos para enmarcar esos ojos, llevármelos a casa, ponerles un título, exhibirlos en los museos y galerías, y al final, dejar en claro que se tornó deleitante la primera vez en mucho tiempo que despertaban furiosamente el infierno dentro de mí, la primera vez en que disfrutaba sentirme extrañamente vista.
Escarbaba en mi interior sin cuidado alguno, por momentos parecía vulnerable, y luego sonreía y bebía, y seguía bebiendo. La gente satanizaba su capacidad imparable de perderse en el licor como si fuera una señal de despojo, pero yo no pretendía cambiar lo que veía, yo no hablaba de amor porque esa palabra me sabía amarga en la boca, aún me sabe, y jamás reduciría la situación a un hecho tan mundano, jamás aseguraba que eso era lo que nos había ocurrido, asumía, más bien, una sensación catárquica, una liberación que se posaba en dos energías conectadas, dispuestas a colisionar. Cuando parecía que yo decidía cederle un espacio en mí, cambiaba el foco, y entonces volvía a ser suya por ese momento breve.
La noche se pinta de salsa y sintetizador, como una mujer recién despierta, alborotada cuando suena el bullicio público, como el llanto de placer de dos que se devoran, y así mismo culminó, tan estrepitosa como acontenció.
Las semanas siguientes transcurrieron con agresividad. No volví a verle. Ni volvimos a coincidir. No nos ha interesado extender lo que jamás fue gritado. Suscitamos telepáticamente en lenguas que solo pueden recordar lo que era palpable del vapor del ambiente, memorias confusas de cuando nos perdimos a ojos cerrados, en el baño de foco tambaleante, con la música electrizante, con la complicidad de la casi nula iluminación, y de bocas que sútilmente se tocaron quién sabe si por accidente o con intención, quién sabe si por mi culpa, por mi culpa, y por mi gran culpa, quién sabe si con rock o un bolero de fondo, si fueron segundos o toda la noche dando el espectáculo de roces que culminó en una resaca inaguantable, con la verguenza pegada en los muslos, el caminar suelto, el maquillaje corrido, y su falda levantándose a mitad de la calle, exponiendo el pesar de una noche que jamás sería eterna, pero que pude convertirse en ardiente e inolvidable.
lunes, 6 de enero de 2025
She died with a dvd in her hand
Cuando estaba chica me enamoraba de hombres mayores (excepto que ya no soy niña y esos hombres siguen llevándome más de 20 años). Eran afortunadamente solo personajes del cine y la televisión. Mi fascinación consistía que entre más desahuciados, tristes, villanos, y/o problemáticos se vieran, más irresistibles me parecían, y me imaginaba una vida entera casándome con ese individuo. En su momento me gustó Noah Taylor porque lo vi en dos películas de los 70s donde interpretaba a un loco melancólico que leía a Sartre, y también protagonizó mi canción favorita de Alphaville "Romeos", me ponía unos audífonos y la repetía cuando coreaba He's a Lonesome streetside Romeo. No me importaba que fuera un flaquito escuálido con estrabismo, de maxilar pronunciado, que sus dientes parecieran desaliñados como si su mamá nunca le hubiera dicho que se cepillara, que no comiera dulces, que le saldrían caries, o que literalmente había nacido en los sesenta y estaba más cerca de ser mi abuelo que mi padre pues su papel más reciente era de un británico viejo demente, yo lo quería, y me lo imaginaba leyendo a Sartre en la bañera mientras lo acompañaba con una sonrisita y le peinaba el cabello con gel como lo tenía en el video musical.
Tenía unos doce años yo, me creía más madura que cualquiera.
En ese tiempo buscaba películas o lecturas para culturizarme desde mi habitación, no porque hubiera algo que me lo dictara sino porque me gustaba saber cosas que otros no y guardármelas para mí. La pelea interna con el mundo comenzó a ser alimentada por los estragos de la mala relación con mi madre y, también, volví a escribir como tal después de años de no hacerlo, a convertir de este un hábito muy mío. Tuve varios blogs pero ninguno sobrevivió, también publicaba novelas anónimas donde primaban los romances nocivos y deteriorados o, a veces, las escribía solamente en microsoft word para mí.
Y no hay verguenza en nada de esto, no hago más que añorar esa época de mi vida en la que no tenía idea lo cool que era, evitando comer en los recreos para ahorrar dinero y comprarle películas piratas a la vecina del frente, pidiéndole un par de títulos que ella jamás conseguiría porque lo único que encontraba era cine comercial, uno que otro pasado de tono, y luego yo llegaba a casa para ponerlas en el dvd y vérmelas todas. Uno siempre es más cool entrando a la adolescencia.
En todo caso, volví a pensar en esto porque me dieron ganas de ver He died with a felafel in his hands, película que en ese entonces no encontré con subs, en un inglés muy australiano como para entenderlo, y una resolución paupérrima, pero todo sea por el amor, por el amor y por Noah Taylor cantando a guitarra california dreaming desafinadamente en una de las escenas principales. Se me antojó quererlo de una manera que ya no puedo, de la manera de una nena de doce, dibujándolo a retazos.